Las lágrimas no son debilidad
Las lágrimas no son debilidad
A veces, llorar no significa ser débil; significa desahogar el dolor.
Hubo un tiempo en el que no entendía por qué las personas lloraban ante los problemas o cualquier situación adversa. Me parecía un signo de fragilidad, como si no fueran capaces de afrontar lo que les sucedía con valentía. También me costaba comprender a quienes derramaban lágrimas en los funerales; llegué a pensar que algunos lo hacían solo por apariencia, como si el llanto fuera una obligación social y no una manifestación genuina de dolor. Con el tiempo, la vida me mostró otra perspectiva. Aprendí que hay quienes lloran de verdad, no porque quieran, sino porque el dolor es tan profundo que no encuentran otra manera de expresarlo. A veces, las lágrimas no son una elección, sino una necesidad. Reprimir el llanto no hace que el sufrimiento desaparezca; solo lo esconde, lo guarda en algún rincón del alma hasta que, inevitablemente, sale a la superficie de otra forma, quizá con más fuerza y de manera más destructiva.
Ahora comprendo que aquellos que más lloran en un funeral no son los más débiles, ni los que menos pueden soportar la pérdida, sino quienes se permiten vivir su dolor en el momento preciso. Son los que dejan que sus emociones fluyan, que su tristeza se derrame con cada lágrima, y eso les ayuda a sanar. No significa que olviden a su ser querido, ni que el vacío desaparezca, pero sí que el peso del dolor se aligera. Por eso, con el tiempo, suelen ser los que logran encontrar un poco de paz, porque ya han liberado parte de su tristeza, mientras que aquellos que intentaron mantenerse firmes quizá sigan cargando con el sufrimiento en silencio.
Lo mismo ocurre con quienes lloran ante los problemas. Muchas veces, derramar lágrimas es un acto de liberación, una forma de soltar la frustración, el miedo o la impotencia que nos consume por dentro. Llorar nos ayuda a descomprimir el alma, a dejar espacio para encontrar claridad en medio del caos. Sin embargo, el llanto no puede convertirse en un refugio donde quedarnos atrapados. Hay una gran diferencia entre llorar para sanar y llorar para rendirse. Porque el verdadero problema no es llorar, sino quedarse ahí, en ese estado de dolor perpetuo sin buscar una salida. La vida sigue avanzando, y aunque las lágrimas sean necesarias, también es necesario el momento de secarlas y seguir adelante. Llorar es parte del proceso, pero levantarse después es lo que realmente nos permite crecer. La fortaleza no está en contener las lágrimas, sino en aprender a seguir caminando después de haber llorado.
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