Refugios emocionales. Conversación 2.

 

Refugios emocionales.

Conversación 2.
Música secular.


—Necesito contarte algo.

—Claro.

—Llevo años intentando dejar de escuchar cierta música... y no puedo.

—¿Qué tipo de música?

—Música secular.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Por qué quieres dejarla?

—Porque siento que afecta mi relación con Dios. Cada vez que la escucho sé que no me hace bien. No siento paz. Pero pasan los días y vuelvo a ella.

—¿Y siempre fue así?

Negó con la cabeza.

—No.

Esperó unos segundos antes de continuar.

—Cuando era niña estaba en un grupo de danza de la iglesia. Era lo que más disfrutaba hacer. Desde pequeña me gustaba danzar. En mi casa practicaba sola y cuando pude entrar al ministerio sentí que estaba exactamente donde quería estar.

Sonrió apenas, como quien mira un recuerdo bonito desde muy lejos.

—Después, cuando estaba en la universidad, me sacaron de danza y me pusieron en canto.

—¿Te gustaba cantar?

—Sí... pero no era lo mismo.

Volvió a guardar silencio.

—Luego me cambié de iglesia. Pensé que allí podría volver a danzar, pero otra vez terminé en canto. Después me fui de la ciudad por trabajo y la iglesia a la que llegué ni siquiera tenía un ministerio de danza.

La otra asintió despacio.

—Y fue entonces cuando apareció la música.

—Sí.

—¿Cómo pasó?

—Siempre hago ejercicio, pero antes lo hacía para mejorar mi resistencia cuando danzaba. Cuando dejé de hacerlo... empecé a entrenar más tiempo. Poco a poco empecé a poner música secular mientras hacía ejercicio.

Bajó la mirada.

—Al principio no le di importancia.

—¿Y después?

—Se volvió una costumbre.

Suspiró.

—A veces quería bailarla... pero había algo dentro de mí que se resistía. Nunca me sentí completamente tranquila escuchándola.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—Cuando piensas en todo esto... ¿qué es lo que más extrañas?

La respuesta salió casi de inmediato.

—La danza.

Pero unos segundos después frunció el ceño.

—No...

Le sorprendió haberse corregido a sí misma.

—Creo que no es exactamente la danza.

La otra esperó.

—Extraño sentirme cerca de Dios mientras danzaba.

Otra pausa.

—Más que danzar... era mi forma de decirle cuánto lo amaba.

—Entonces quizá la pregunta no sea cuánto extrañas la danza.

Levantó la vista.

—Quizá la pregunta sea cuánto extrañas expresar tu amor por Dios de esa manera.

Los ojos comenzaron a humedecerse.

—Sí...

Sonrió con tristeza.

—Creo que es eso.

—Hay otra cosa que me llamó la atención de lo que contaste.

—¿Cuál?

—Dijiste que ya ni siquiera puedes practicar danza sola.

—Sí.

—¿Por qué?

Tardó bastante en responder.

—No lo sé.

Se quedó pensando.

—Bueno... Quizá sí.

Miró hacia la ventana.

—Cuando intento hacerlo me siento triste.

—¿Porque ya no recuerdas cómo?

Negó lentamente.

—No solamente.

—Entonces...

—Creo que perdí la motivación.

Hizo una pausa.

—Y ya tampoco sé cómo hacer rutinas yo sola.

Volvió a sonreír con cierta vergüenza.

—Pero, sobre todo... me da tristeza.

—¿Tristeza por qué?

No respondió enseguida.

—Tal vez porque me recuerda todo lo que perdí.

La otra asintió lentamente.

Después de unos segundos hizo otra pregunta.

—Cuando escuchas esa música... ¿qué encuentras allí que sientes que no encuentras cuando escuchas música cristiana?

La respuesta fue inesperadamente difícil.

—No estoy segura.

Se quedó pensando.

—Me da energía.

Hizo un gesto con las manos, intentando explicarse.

—Como ganas de moverme.

Volvió a pensar.

—Y despierta mucho mi imaginación.

—¿Cómo así?

—Hace que deje de pensar en lo que estoy viviendo.

La otra inclinó un poco la cabeza.

—¿Te ayuda a escapar un rato?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

No respondió de inmediato.

Solo después de un largo silencio murmuró:

—Creo que sí.

Ninguna habló durante unos instantes.

Finalmente, la amiga volvió a romper el silencio.

—Déjame hacerte otra pregunta.

—Está bien.

—Si mañana dejaras esa música para siempre... ¿qué crees que quedaría?

La miró, confundida.

—¿A qué te refieres?

—Quiero decir... si desapareciera el hábito, ¿el dolor también desaparecería?

La respuesta fue casi inmediata.

—No.

Y esa palabra pareció sorprenderla incluso a ella.

Frunció el ceño.

—Aunque nunca lo había pensado... Quizá por eso siento que llevo años luchando y no avanzo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque siempre he creído que mi problema era la música.

Se quedó mirando sus manos.

—Pero... ahora no estoy tan segura.

La conversación volvió a quedarse en silencio por unos minutos.

—Entonces... ¿todo este tiempo he estado luchando contra lo que no era?

—No exactamente.

Le sonrió con suavidad.

—La música sí es un problema si está ocupando un lugar que no debería ocupar. Pero quizá no fue donde todo comenzó.

—¿Y dónde comenzó?

La otra respiró despacio.

—No lo sé.

Sonrió.

—Todavía estoy pensando contigo.

Las dos rieron un poco.

Eso alivió la tensión.

—Déjame preguntarte otra cosa.

—Dime.

—Cuando perdiste la danza... ¿qué empezaste a creer acerca de Dios?

La pregunta la dejó inmóvil.

Nunca se la había hecho.

—No sé...

Permanecieron en silencio.

La otra no intentó llenar el vacío.

Después de un momento habló otra vez.

—A veces, cuando vivimos algo que nos duele mucho, empezamos a creer cosas sin darnos cuenta.

Ella levantó la vista.

—¿Como qué?

—No lo sé... quizá cosas como...

Hizo una pausa.

—"Dios me quitó lo que más amaba."

La frase cayó con peso.

No respondió.

—O quizá...

Volvió a hablar con cuidado.

—"Nunca volveré a sentirme tan cerca de Dios."

Sintió un nudo en la garganta.

Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera responder.

—Creo...

Su voz se quebró.

—Creo que esa.

La otra esperó.

—¿Cuál?

—La segunda.

Se limpió una lágrima.

—Nunca lo había dicho... pero cuando me sacaron de danza sentí exactamente eso.

Respiró con dificultad.

—Sentí que nunca volvería a experimentar esa cercanía.

Las lágrimas empezaron a caer con más libertad.

—Y... si soy sincera...

Hizo otra pausa.

—También pensé muchas veces que Dios me había quitado lo que más amaba hacer para Él.

Ninguna habló.

No porque no hubiera nada que decir.

Sino porque había dolores que merecían ser escuchados antes de intentar responderlos.

Después de un rato, la amiga preguntó con mucha calma:

—¿Y cuando escuchabas esa música... querías alejarte de Dios?

La respuesta fue inmediata.

—No.

Negó con fuerza.

—Nunca.

—Entonces... ¿qué buscabas?

No respondió enseguida.

Miró al suelo durante varios segundos.

Finalmente levantó la cabeza.

—Olvidar.

—¿Olvidar qué?

Las palabras salieron casi en un susurro.

—Lo que había perdido.

La otra no dijo nada.

Ella continuó hablando, como si las frases hubieran estado esperando durante años.

—Es extraño... Siempre pensé que esa música me gustaba. Pero no. Solo...

Buscó las palabras.

—Solo hacía que dejara de pensar.

Respiró profundamente.

—Es como...

Se quedó pensando unos segundos.

—Como un hombre que pierde a la mujer que ama y empieza a beber. Sabe que el alcohol no le hace bien. Y quizás ni le gusta. Pero por un rato... Hace que deje de sentir el dolor.

Las dos quedaron en silencio.

La amiga tardó bastante antes de responder.

—Creo que esa comparación dice mucho.

La miró con cierta preocupación.

—¿Sí?

—Sí. Porque un hombre así no bebe porque ame el alcohol. Bebe porque no sabe qué hacer con el dolor.

Las lágrimas volvieron.

—Entonces...¿La música secular era eso para mí?

La otra tardó unos segundos.

—No quiero responder demasiado rápido. Pero... Creo que acabas de descubrir algo muy importante. La música quizá nunca fue el problema principal. Fue el analgésico.

Ella cerró los ojos.

Era como si, de repente, muchos años empezaran a tener sentido.

—¿Sabes qué me impresiona?

—¿Qué?

—Que durante todo este tiempo pensaste que estabas luchando contra la música. Y quizá llevabas años intentando aliviar una herida que nunca había sido atendida.

La habitación volvió a quedarse en silencio.

Esta vez no era un silencio incómodo.

Era el silencio de alguien que acaba de ponerle nombre a un dolor antiguo.

Después de unos minutos, habló muy despacio.

—¿Será que... de alguna manera... escuchar esa música era una forma de rebelarme contra Dios?

La otra tardó bastante en responder.

—No me atrevería a decirlo así.

Ella levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque solo Dios conoce completamente el corazón. Podemos entender nuestras decisiones. Podemos reconocer nuestro pecado. Pero debemos tener cuidado de no atribuirnos intenciones que quizá nunca tuvimos.

Ella permaneció escuchando.

—Déjame preguntarte algo. Cuando escuchabas esa música... ¿Lo hacías porque querías alejarte de Dios?

Negó inmediatamente.

—No.

—¿O porque querías dejar de sentir el dolor?

Las lágrimas respondieron antes que sus palabras.

—Creo... Creo que era eso.

La amiga tomó aire.

—Eso no convierte la decisión en buena. Pero sí cambia mucho la forma de entenderla. No parece el camino de alguien que dejó de amar a Dios. Parece el camino de alguien que amaba a Dios... y no supo qué hacer con una pérdida que nunca pudo llorar.

Ella volvió a bajar la cabeza.

Por primera vez en muchos años sintió que Dios no estaba iluminando su vida para condenarla.

Sino para sanar algo que había permanecido escondido demasiado tiempo.

Las dos permanecieron un largo rato en silencio.

Fue ella quien habló primero.

—Entonces... ¿todo este tiempo estuve intentando quitar el analgésico sin atender la herida?

—Puede ser.

—Ahora entiendo por qué nunca funcionaba.

La otra asintió.

—Cada vez que intentabas dejar la música, el dolor seguía ahí.

—Sí...

Respiró profundamente.

—Y volvía otra vez.

La amiga se quedó pensativa.

—Hay algo que no puedo dejar de pensar.

—¿Qué cosa?

—Cuando dijiste que sentías que nunca volverías a experimentar esa cercanía con Dios.

Ella levantó la vista.

—Sí.

—¿Y si ahí comenzó todo?

Frunció el ceño.

—¿Cómo así?

—No lo sé con certeza... Pero imagina esto. Cuando te cambiaron de danza, ¿qué perdiste realmente?

Pensó unos segundos.

—La oportunidad de servir ahí.

—Sí.

—También perdí algo que disfrutaba muchísimo.

—Sí.

Hizo otra pausa.

—Pero cuando hablas de esos años... parece que hubiera pasado algo más. Hablas como si también hubieras perdido a Dios.

Ella bajó lentamente la mirada.

No respondió.

No porque no quisiera.

Sino porque la frase había llegado demasiado hondo.

Después de unos segundos murmuró:

—Creo que sí lo sentí así.

Las lágrimas volvieron.

—Nunca pensé que lo estaba diciendo... Pero sí. Sentía que ya no sabía cómo acercarme a Él.

La otra habló muy despacio.

—¿Y quién te dijo que solo había una forma?

Ella sonrió con tristeza.

—Nadie.

—Entonces... ¿de dónde salió esa idea?

Permaneció callada.

Después respondió casi en un susurro.

—Supongo que la fui creyendo poco a poco.

La amiga asintió.

—Eso suele pasar. No siempre creemos una mentira porque alguien nos la enseñe. A veces la construimos nosotros mientras intentamos entender algo que nos dolió.

Las dos guardaron silencio otra vez.

Entonces ella preguntó:

—¿Crees que Dios me estaba quitando la danza?

La otra tardó bastante en responder.

—No sé por qué permitió todo lo que pasó. Sería muy orgulloso decir que sí lo sé.

Ella asintió.

—Pero sí creo una cosa.

—¿Cuál?

—Que Dios nunca quiso que pensaras que habías perdido la manera de acercarte a Él.

Aquellas palabras parecieron aliviar un poco el ambiente.

La amiga continuó.

—Mientras hablabas me acordé de una imagen.

Ella levantó la vista.

—Imagina una niña que todos los días iba con su papá a caminar por un jardín. Era su lugar favorito.

Allí hablaban. Reían. Ella le contaba todo.

Un día el jardín desaparece.

Durante mucho tiempo la niña deja de buscar a su padre.

Él la encuentra un día y le pregunta:

"¿Por qué ya no vienes?"

Y ella responde:

"Porque nuestro jardín ya no existe."

Entonces el padre le dice:

"Hija... yo nunca fui el jardín."

Ella sintió que algo se quebraba dentro de sí.

Las lágrimas comenzaron a correr otra vez.

La otra no dijo nada más.

Esperó.

Después de un largo silencio, ella habló.

—Creo... Creo que me confundí yo sola.

La amiga sonrió.

—Eso mismo estaba pensando.

—La danza era el jardín.

—Sí.

—Pero el Padre seguía ahí.

La otra asintió despacio.

—Y creo que lleva muchos años esperándote en otro lugar, mientras tú seguías mirando el jardín que ya no estaba.

Se hizo un silencio muy largo.

Esta vez ella no lloraba por la danza.

Lloraba porque, por primera vez, empezaba a creer que quizá nunca había perdido al Padre.

Solo había perdido el lugar donde más disfrutaba estar con Él.

Después de un rato preguntó:

—¿Sabes qué es lo que más me duele?

—¿Qué cosa?

—Que nunca pensé en preguntarle cómo quería que lo alabara ahora. Siempre estaba pensando en cómo volver a hacerlo como antes.

La amiga sonrió con ternura.

—Eso me parece muy bonito.

Ella la miró confundida.

—¿Bonito?

—Sí. Porque ya no te preguntarás: "¿Cómo recupero lo que perdí?" Ahora preguntarás: "Señor, ¿cómo quieres que te ame hoy?" Y esas son preguntas muy distintas.

Ella permaneció en silencio.

Algo dentro de sí comenzaba a descansar.

Ninguna habló durante un buen rato.

Ella tenía la mirada fija en el suelo.

Sentía que, por primera vez en muchos años, estaba entendiendo algo que siempre había estado delante de ella.

Fue la primera en romper el silencio.

—Qué extraño...

—¿Qué cosa?

—Llevo años diciéndole a Dios que quería volver a sentirme cerca de Él.

La otra asintió.

—Y nunca me di cuenta de que, en el fondo, ya había decidido que eso solo podía pasar si volvía a danzar.

—¿Sabes qué pienso?

Ella levantó la vista.

—Creo que el enemigo no siempre necesita convencernos de dejar de amar a Dios. A veces le basta con convencernos de que ya no podemos disfrutar de Él como antes.

La frase quedó suspendida entre las dos.

Ella tragó saliva.

—Eso fue exactamente lo que sentí.

Respiró despacio.

—Nunca dejé de amar a Dios. Nunca. Pero sí dejé de creer que podía volver a sentirme tan cerca de Él.

Las lágrimas volvieron a aparecer.

—Y eso me fue apagando poco a poco.

La otra asintió.

—Tiene sentido.

—¿Sí?

—Sí. Porque cuando alguien deja de tener esperanza... empieza a conformarse con cosas que nunca habría escogido si todavía creyera que aquello era posible.

Ella permaneció callada.

Era verdad.

Nunca había amado esa música.

Solo había dejado de esperar otra cosa.

Después de un momento preguntó:

—Entonces... ¿qué hago ahora?

La amiga sonrió con sinceridad.

—No tengo una fórmula.

Las dos rieron un poco.

—Pero creo que sí sé por dónde empezaría.

—¿Por dónde?

—No empezaría por hacer una lista de canciones que puedes o no puedes escuchar.

Ella la miró sorprendida.

—¿No?

—No. Creo que empezaría por hablar con Dios de algo que quizá nunca le dijiste.

Frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Del duelo.

La palabra la tomó por sorpresa.

—¿Duelo?

—Sí. Perdiste algo que amabas profundamente. Y, por lo que me has contado, nunca te detuviste a llorarlo delante de Dios.

Ella permaneció en silencio.

La amiga continuó con mucho cuidado.

—Seguías yendo a la iglesia. Seguías orando. Seguías intentando obedecer. Pero nunca le dijiste algo como...

Hizo una pausa.

—"Señor, esto me dolió muchísimo."

Los ojos de ella volvieron a llenarse de lágrimas.

—Creo que no.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Supongo que pensaba que un cristiano no debía sentirse así.

La amiga negó con dulzura.

—Los salmos están llenos de personas que le dijeron a Dios exactamente cómo se sentían.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Es verdad.

—David lloró. Jeremías lloró. Ana lloró. Incluso Jesús lloró. ¿Por qué tú tendrías que fingir que esa pérdida no te dolió?

Ella dejó escapar una pequeña risa.

—Nunca lo había pensado.

—Quizá llevas años intentando superar un duelo que nunca te permitiste vivir.

Otra vez se hizo el silencio.

Después de un rato habló muy bajito.

—¿Sabes qué me da miedo?

—¿Qué?

—Que, aunque sane todo esto... nunca vuelva a danzar.

—¿Puedo decirte lo que creo?

Ella asintió.

—Creo que Dios puede volver a abrir esa puerta. Y también creo que puede no hacerlo.

Ella bajó la mirada.

La amiga continuó.

—No lo sé. No voy a prometerte algo que Dios no me prometió. Pero sí sé una cosa. Tu comunión con Él ya no depende de cómo responda esa pregunta.

Ella permaneció inmóvil.

—Hace un rato dijiste algo que no he podido olvidar.

—¿Qué dije?

—Que lo que más soñabas era agradarlo.

Asintió.

—¿Te das cuenta de que ese sueño sigue completamente vivo?

Ella levantó lentamente la vista.

La amiga sonrió.

—La danza era una forma preciosa de decirle: "Te amo." Pero nunca fue la única. Y creo que ahora Él quiere enseñarte nuevos idiomas.

Ella sonrió por primera vez con verdadera paz.

—¿Nuevos idiomas?

—Sí. Quizá la obediencia en cosas pequeñas. La confianza cuando no entiendes. La perseverancia. El servicio. La oración. El descanso.

Hizo una pequeña pausa.

—Y quién sabe... Quizá algún día también vuelva a ser la danza. Pero, aunque ese día nunca llegue... el Padre seguirá entendiendo perfectamente cada vez que le digas: "Te amo."

Ella asintió. Meditaba en su conversación.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?

—¿Qué cosa?

—Que me siento aliviada... y triste al mismo tiempo.

La amiga sonrió apenas.

—Creo que eso tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque acabas de descubrir que no perdiste a Dios. Eso trae alivio. Pero también estás entendiendo cuánto tiempo viviste creyendo que sí lo habías perdido. Y eso da tristeza.

Ella asintió lentamente.

—Sí... siento como si hubiera pasado años mirando una puerta cerrada mientras Él seguía esperándome.

La otra no respondió enseguida.

—Tal vez no eras tú la única que esperaba.

La frase la hizo llorar otra vez.

—¿Crees que Dios de verdad me estuvo esperando?

—Creo que nunca dejó de buscarte.

Hubo un silencio largo.

Después ella preguntó:

—Entonces... ¿qué hago con la música?

La amiga tomó aire.

—Creo que ahora puedes hacerte una pregunta distinta.

—¿Cuál?

—No: “¿Cómo dejo esta música?”

Hizo una pausa.

—Sino: “¿Qué lugar quiero que ocupe Dios en mi corazón?”

Ella se quedó pensando.

—Supongo que, si Él vuelve a ocupar el centro, habrá cosas que ya no encajarán igual.

—Exactamente.

—Pero me da miedo volver a caer.

—A mí también me daría.

La miró sorprendida.

La otra sonrió.

—No creo que la solución sea confiar en que nunca más sentirás tentación. Creo que la solución es aprender a correr hacia Dios más rápido cuando la sientas.

Ella bajó la mirada.

—He pasado muchos años viéndome como una hija que falla.

—¿Y cómo crees que te ve Él?

Tardó bastante en responder.

—Quiero creer que como una hija que todavía ama a su Padre.

—Eso es muy distinto. Y, ¿sabes qué me impresiona?

—¿Qué?

—Que nunca dijiste: “Ya no quiero a Dios”.

Las lágrimas volvieron a sus ojos.

—Nunca.

—Todo lo contrario. Llevas años diciendo, de distintas maneras: “Quiero volver a sentirme cerca de Él”.

Ella asintió.

—Sí.

—Entonces quizá esta conversación no empezó porque Dios se alejó de ti.

La miró en silencio.

—Quizá empezó porque Él decidió mostrarte la herida que necesitaba sanar.

La frase quedó suspendida entre las dos.

Después de un largo rato, ella habló muy despacio.

—Creo que hoy entendí algo.

—¿Qué cosa?

—Yo pensaba que mi meta era volver a danzar.

Negó suavemente con la cabeza.

—Pero no.

Respiró hondo.

—Mi meta es volver a disfrutar de Dios.

La amiga sonrió con ternura.

—Y eso sí sigue siendo posible.

—Sí.

Por primera vez en mucho tiempo, la palabra no sonó como un deseo lejano.

Sonó como una esperanza.

Ella cerró los ojos un instante y murmuró:

—Señor... enséñame cómo quieres que te ame hoy.

La otra no añadió nada.

Simplemente se quedó allí, acompañándola, mientras ambas entendían que aquella oración quizá era el comienzo de un camino nuevo.


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