Refugios emocionales. Conversación 1.
Refugios emocionales.
Conversación 1.
Historias románticas.
—¿Puedo hablar contigo de algo?
—Claro.
—Creo que llevo años intentando
dejar algo... y no puedo.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Qué es?
—Las historias románticas.
La otra levantó un poco la
mirada, sin interrumpirla.
—Sé que puede sonar extraño.
—No suena extraño. Cuéntame.
La joven respiró hondo antes de
continuar.
—Soy cristiana desde niña.
Durante mucho tiempo sentía que tenía una relación muy cercana con Dios. Oraba,
leía la Biblia, disfrutaba pasar tiempo con Él... Pero cuando crecí, mi vida
empezó a llenarse de actividades. Estudio, trabajo, responsabilidades, muchas
cosas en la iglesia... Poco a poco dejé de tener comunión con Dios. No fue una
decisión. Simplemente pasó.
Guardó silencio unos segundos.
—Después me fui a vivir sola
por trabajo a otra ciudad. Nunca había sentido tanta soledad. Y en lugar de
buscar más a Dios... encontré otro refugio.
—¿Las historias?
Asintió.
—Al principio eran novelas
normales. Luego ya no me importaba mucho de qué tipo fueran. Solo quería dejar
de pensar en lo que estaba viviendo. Mientras leía, me olvidaba de la realidad.
Era como apagar mi propia vida por un rato.
—¿Cuánto tiempo llevas así?
—Casi diez años.
Guardó silencio un momento.
—Ahora ya no paso horas leyendo
como antes. Dios me ha ayudado mucho. Mi relación con Él ha mejorado. Pero
todavía me cuesta soltarlas del todo. Hay días en que vuelvo a buscarlas y
después me siento muy mal.
—¿Por qué piensas que Dios deja
de amarte?
Negó con la cabeza.
—No... porque siento que le
estoy fallando. Quiero obedecerle. Sé que esas historias no me hacen bien. No
quiero seguir buscándolas... pero cuando pienso en dejarlas para siempre, algo
dentro de mí se resiste.
La otra bajó la mirada unos
segundos.
—Creo que hay algo que todavía
no entiendo.
—¿Qué cosa?
—No estoy segura de que el
verdadero problema sean las historias.
La joven frunció el ceño.
—¿Cómo así?
—Déjame preguntarte algo
primero.
Esperó unos segundos antes de
continuar.
—Cuando sientes ganas de volver
a ellas... ¿qué estás buscando?
La joven respondió casi de
inmediato.
—No lo sé.
Después guardó silencio.
—Bueno...
—¿Qué buscabas?
—Compañía, creo.
Sus ojos comenzaron a
humedecerse.
—Estaba muy sola. Las historias
me hacían sentir acompañada. Me sacaban de mi realidad por un rato. No
resolvían nada... pero dejaba de pensar.
La otra asintió lentamente.
—Eso cambia bastante las cosas.
—¿Por qué?
—Porque quizá el problema nunca
fueron solo las historias.
Hizo una pausa.
—Quizá durante años ellas
ocuparon el lugar donde solo Dios debía estar.
La joven bajó la mirada.
No respondió.
—No te lo digo para hacerte
sentir culpable. Al contrario. Creo que Dios te lo está mostrando ahora porque
quiere invitarte a algo mejor. No porque quiera quitarte algo. Sino porque
quiere convertirse Él mismo en tu refugio.
La joven permaneció en
silencio.
Parecía estar procesando
aquellas palabras.
—¿Sabes qué es lo que más me
duele?
—¿Qué?
—Que siento que ya debería
haber cambiado. Han pasado muchos años. Si realmente amara a Dios... creo que
ya habría dejado eso.
La otra sonrió con mucha
suavidad.
—¿Quién te dijo que la
santificación siempre ocurre de un día para otro?
La joven no respondió.
—Piensa en algo. Hace diez
años... ¿te preocupaba alejarte de Dios como te preocupa ahora?
Negó lentamente.
—No.
—Entonces ya ha habido un
cambio. Quizá no tan rápido como quisieras. Pero Dios ya está obrando. Muchas
veces solo vemos aquello que todavía nos falta, y olvidamos mirar todo lo que
Él ya ha hecho.
La joven respiró con un poco
más de tranquilidad.
—Nunca lo había pensado así.
Hubo un momento de silencio.
Después dijo casi en voz baja:
—Hay algo que nunca le he
contado a nadie.
—¿Qué cosa?
—Creo que ya ni siquiera sé por
qué vuelvo a esas historias. Antes era por soledad. Ahora... ya no me siento así. Por eso me
confunde.
La otra levantó la vista.
Aquello le pareció importante.
—Entonces déjame preguntarte
otra cosa. Si esas historias pudieran hablar... ¿qué crees que les
agradecerías?
La joven tardó bastante en
responder.
—No lo sé.
Guardó silencio unos segundos
como pensándolo detenidamente.
—De verdad no lo sé. Porque, si
soy sincera... no estoy agradecida con ellas. Me hicieron daño. Sabía que me
hacían daño. Me alejaban de Dios. Me hicieron perder mucho tiempo. Pero...
Hizo otra pausa.
—...fueron mi compañía… Una mala compañía… Pero compañía, al fin y al cabo.
—Creo que acabas de decir algo muy importante.
La joven levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Que no extrañas las historias.
Extrañas el refugio que representaron durante una etapa de tu vida. Eso es muy
distinto. Porque los refugios falsos también dejan recuerdos. No porque fueran
buenos, sino porque estuvieron presentes cuando más los necesitábamos.
La joven sintió un nudo en la
garganta.
—Entonces... ¿por qué me cuesta
tanto soltarlas?
La otra tardó unos segundos en
responder.
—Tal vez porque estás
intentando despedirte para siempre. Y eso asusta.
La joven asintió enseguida.
—Sí. Cada vez que pienso
"nunca más", siento unas ganas enormes de volver. Es como si esa idea
despertara el deseo otra vez.
La otra sonrió apenas.
—Entonces quizá hoy no tengas
que luchar contra un "nunca más". Quizá solo tengas que decidir quién
será tu refugio hoy. Solo hoy. Mañana volverás a elegir. Y cuando llegue pasado
mañana... Dios también estará allí.
La joven permaneció pensativa.
Era una idea sencilla.
Pero, por alguna razón, sentía
que le quitaba un peso enorme de encima.
—Nunca lo había visto así...
Después de un momento volvió a
hablar.
—Pero hay algo que sigue
preocupándome.
—¿Qué cosa?
—Que vuelvo a caer.
La otra no respondió enseguida.
—¿Qué pasa después de que
vuelves a esas historias?
—Me siento muy avergonzada.
—¿Y qué haces con esa
vergüenza?
La joven sonrió con cierta
tristeza.
—Oro.
—¿Enseguida?
—A veces sí; otras veces tardo, pero no demaisado tiempo. Voy a Dios y le pido
perdón. A veces lloro. Hasta que, poco a poco, siento que Él me hace entender que
me ha perdonado... pero también que quiere que cambie.
Guardó silencio.
—Y entonces vuelvo a pensar que
algún día volveré a caer.
La otra apoyó un brazo sobre la
mesa.
—Creo que acabas de decir algo
muy importante.
—¿Qué?
—No parece que lo que más te
esté haciendo sufrir sea el pecado del pasado. Parece que es el miedo al pecado
del futuro.
La joven levantó la mirada.
—Nunca lo había pensado de esa
manera.
La otra continuó.
—Es como si estuvieras
intentando luchar hoy contra todas las posibles caídas de los próximos años.
La joven dejó escapar una
pequeña risa.
—Suena absurdo cuando lo dices
así.
—Porque nadie puede hacerlo.
Hubo un instante de silencio.
—Jesús nos enseñó a pedir el
pan de cada día. No el de toda la vida. Creo que muchas veces también olvidamos
que la gracia llega día tras día. No necesitas la gracia para dentro de seis
meses. Necesitas la de hoy.
La joven permaneció callada.
Aquella idea parecía darle
descanso.
—Supongo que siempre pienso
que, si vuelvo a caer, todo el esfuerzo habrá sido inútil.
La otra negó con suavidad.
—¿De verdad piensas eso?
—A veces sí.
—Déjame preguntarte algo. Cuando
vuelves a Dios después de caer... ¿Él te recibe?
La joven respondió casi sin
pensar.
—Sí.
—¿Te rechaza?
—No.
—¿Deja de escucharte?
—No.
—Entonces... ¿quién te está
diciendo que todo está perdido?
La joven bajó la mirada.
No respondió.
La otra tampoco insistió.
El silencio dijo suficiente.
Después de unos segundos, la
joven habló otra vez.
—Creo que vivo con miedo de
decepcionarlo.
—¿Crees que Dios no sabía
cuántas veces ibas a luchar con esto cuando decidió salvarte?
Aquella pregunta quedó
suspendida entre las dos.
La joven sintió que algo dentro
de ella se detenía.
—Nunca había pensado en eso. Aunque,
supongo que sí lo sabía...
—Entonces su paciencia contigo
no empezó cuando dejaste de fallar. Ya estaba allí antes.
La joven sintió que se le
humedecían los ojos.
—Creo que he dejado que toda mi
vida espiritual gire alrededor "De si fallé o no fallé".
La otra permaneció unos
segundos en silencio.
Parecía buscar las palabras.
—Te contare una historia.
—Adelante.
—Imagina una niña pequeña
ayudando a su padre en un taller. El padre está arreglando algunas cosas y ella
quiere acompañarlo. Al principio está muy nerviosa. Todo el tiempo piensa:
"No quiero romper
nada."
"No quiero
equivocarme."
"No quiero hacer algo
mal."
Así que apenas disfruta estar allí.
Solo está pendiente de no cometer errores.
Pero pasan los años. La niña
crece. Ya conoce mejor a su padre. Ahora sigue queriendo hacer bien las cosas. Pero
ya no permanece en el taller principalmente por miedo a equivocarse. Permanece
allí porque le gusta estar con él.
Hablan. Aprende. Escucha. Se
ríen. Disfruta su compañía.
El padre nunca dejó de quererla.
La diferencia fue que la niña dejó de concentrarse tanto en sus errores y empezó a disfrutar la presencia de su padre.
La joven permaneció
completamente en silencio.
Sentía que aquella historia
hablaba de ella.
Muy despacio dijo:
—Creo... Creo que me he
enfocado demasiado en el pecado que no quiero cometer.
La otra no dijo nada.
Solo esperó.
—Es como si todo mi tiempo con
Dios hubiera girado alrededor de no fallarle. Y...
Bajó la mirada.
—...creo que no estaba
disfrutando estar con Él.
Sus ojos comenzaron a llenarse
de lágrimas.
—Qué tonta he sido.
La otra sonrió con ternura.
—No diría eso. Diría que has estado aprendiendo.
La joven negó con la cabeza.
—No. Creo que nunca me había
dado cuenta. Hasta ahora. Es como si hubiera puesto toda mi atención en el
pecado. Incluso cuando quería agradar a Dios, seguía pensando más en mi pecado
que en Él.
La otra respiró hondo.
—Quizá esa sea una de las cosas
más difíciles de descubrir. Porque uno puede pasar años luchando contra algo, sin
darse cuenta de que ese algo sigue ocupando el centro de sus pensamientos.
La joven permaneció mirando la
mesa.
Después preguntó casi en un
susurro.
—Entonces... ¿cómo se aprende a
disfrutar de Dios?
La otra sonrió.
—Esa creo que es una pregunta
mucho mejor que "¿cómo dejo estas historias?". Y, curiosamente, creo
que también es más difícil de responder. Porque no existe una fórmula. Existe
una Persona.
La joven dejó escapar una
pequeña risa.
—Eso suena muy bonito... pero
no sé por dónde empezar.
—No hace falta que empieces por
donde crees que deberías. Empecemos por donde ya estás.
La joven frunció el ceño.
—¿Cómo así?
—Déjame hacerte unas preguntas.
No para examinarte. Solo quiero conocerte un poco más.
Ella asintió.
—¿Qué es lo que más admiras de
Dios ahora mismo?
La respuesta salió casi sin
pensarlo.
—Su amor.
La otra sonrió.
—¿Y qué atributo suyo te
conmueve más en este momento?
La joven permaneció unos
segundos pensando.
—Su misericordia.
—¿Por qué precisamente su
misericordia?
Los ojos de la joven se
llenaron de lágrimas.
—Porque... si Dios hubiera sido
menos misericordioso, hace mucho tiempo habría dejado de buscarme. Pero no lo
hizo. Seguía esperándome. Seguía recibiéndome. Seguía llamándome.
La otra no dijo nada.
Simplemente dejó que aquellas
palabras hicieran su trabajo.
Después preguntó con suavidad:
—¿Hay algún momento de la vida
de Jesús que últimamente vuelva mucho a tu mente?
La joven sonrió apenas.
—Sí. Lucas 4:40-41.
—¿Qué te llama la atención de
esa escena?
—Su compasión y su humildad.
La otra sonrió.
—¿Y crees que ese Jesús ha
cambiado?
La joven negó despacio.
—No.
—Hace un momento dijiste que
querías disfrutar más de Dios. ¿Qué crees que significa eso?
La joven soltó una pequeña
risa.
—Si soy sincera... no tengo
idea. Siempre pensé que disfrutar de Dios era sentir muchas emociones mientras
oraba. Pero eso no pasa todos los días.
La otra negó con la cabeza.
—Creo que disfrutar de Dios se
parece más a conocer a una persona. Al principio sabes muy poco de ella. Con el
tiempo empiezas a admirar su forma de ser. Descubres cosas que antes no habías
visto. Y llega un momento en que disfrutas simplemente escuchándola hablar. No
porque siempre diga cosas nuevas. Sino porque la conoces.
La joven permaneció pensativa.
—Entonces, ¿disfrutar de Dios
no es sentir algo?
—A veces sentirás mucho. Otras
veces sentirás muy poco. Pero conocerlo... eso puede ocurrir incluso en los
días más secos.
La joven guardó silencio.
Después dijo algo que llevaba
rato rondando su corazón.
—Creo que hay otra lucha.
—¿Cuál?
—Mi imaginación. Pienso
demasiado en esas historias. Y cuando intento pensar en Dios... no sé qué
pensar.
La otra sonrió.
—Creo que ahí estás intentando
hacer algo imposible.
La joven levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque piensas que tienes que
inventar pensamientos sobre Dios. Pero no es así. La Biblia ya está llena de
ellos. No necesitas imaginar un Dios que no existe. Necesitas detenerte a
contemplar al Dios que ya se ha revelado.
La joven escuchaba con
atención.
—¿Recuerdas el pasaje de Lucas
que acabas de mencionar?
Ella asintió.
—¿Qué pasaría si, en lugar de
leerlo deprisa, permanecieras allí unos minutos? Imagina la escena. No para
inventar detalles. Sino para observar lo que el texto sí dice. Jesús se acerca
a un enfermo. Le pone la mano. Lo mira. Lo sana. Luego hace lo mismo con otro. Y
con otro. Y con otro. Luego calla a los demonios para que no digan quien es El.
La otra hizo una pausa.
—Pregúntate cosas. ¿Por qué no
tuvo prisa? ¿Por qué quiso tocar a cada persona? ¿Qué dice eso de su carácter? ¿Por
qué ese mismo Jesús sigue escuchando hoy tus oraciones? Eso también es meditar.
No estás creando una historia. Estás contemplando una verdad.
La joven permaneció
completamente en silencio.
Sentía que algo empezaba a
ordenarse dentro de ella.
Muy despacio dijo:
—Creo que durante muchos años
llené mi imaginación con historias que otros escribieron. Quizá nunca aprendí a
contemplar la historia que Dios ya escribió.
La otra sonrió.
—Creo que acabas de descubrir
algo muy importante.
Y por primera vez desde que
comenzó la conversación, la joven sintió que la pregunta principal ya no era:
"¿Cómo dejo estas
historias?"
Sino otra completamente
distinta.
"¿Quién es realmente el
Dios a quien quiero conocer?"

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