Pensamientos Más Altos
Pensamientos Más Altos
¿Afortunada? Sí… creo que sí lo soy. Entonces, si realmente lo soy, ¿a quién estoy intentando agradar?
Dios me ha bendecido con padres extraordinarios. No solo me han apoyado en todo, sino que desde pequeña me enseñaron algo invaluable: a tomar mis propias decisiones. Me dieron raíces firmes, pero también alas. Nunca intentaron vivir mi vida por mí, sino que me formaron para que pudiera enfrentarla con criterio, responsabilidad y libertad.
Y, por encima de todo, está Dios. Mi Dios. Él tiene el control de todo, tiene el control de mi vida, aun cuando tomo malas decisiones. Incluso en esos momentos en los que me equivoco, Él no suelta el timón. Sí, debo asumir las consecuencias de mis actos —porque cada decisión trae su resultado—, pero aun en medio de esas consecuencias, Él permanece conmigo. No me abandona. Es compasivo, paciente, y de alguna manera misteriosa, encamina todo para mi bien.
Mi vida es mía, pero también es de Cristo, porque Él la compró a precio de sangre, y yo decidí aceptarlo. No fue una imposición; fue una elección. Y si le pertenezco, entonces es a Él a quien debo agradar. No a las expectativas cambiantes de las personas, no a la presión silenciosa de quienes creen saber qué es lo mejor para mí. A Él.
Y si Él sabe lo que es mejor para mí —porque me creó, porque conoce mis pensamientos antes de que los piense— entonces, aunque a veces su voluntad me parezca difícil o incomprensible, terminará siendo lo que realmente me dará paz. Tal vez hoy no siempre la entienda, pero con el tiempo aprenderé a amarla.
A veces pienso que he decepcionado a algunas personas. Aquí debo hacer una excepción clara: mi familia no entra en esa lista. Ellos siempre me han demostrado un amor incondicional, uno que no depende de mis aciertos ni de mis errores. Pero hay otras personas que sí se han sentido decepcionadas de mí. Y eso duele.
Sin embargo, esa decepción me ha hecho entender algo importante: muchas veces no era afecto genuino lo que había, sino expectativas. Yo las consideraba cercanas, creía que había un vínculo profundo, pero cuando mis decisiones no coincidieron con lo que esperaban de mí, el descontento reveló que quizás amaban la idea que tenían de mí, más que a mí como persona.
Y entonces me pregunto: al final, ¿eso qué importa? ¿Vale la pena traicionarme a mí misma por sostener la imagen que otros construyeron? Porque si hoy tomo decisiones para no decepcionarlos, quizá en unos años la decepcionada sea yo. Y esa es una carga mucho más difícil de llevar: vivir sabiendo que elegí por miedo, por aprobación o por presión, y no por convicción.
Recuerdo lo que dice Libro de Isaías 55:8: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová”. Ese versículo me confronta y me tranquiliza al mismo tiempo. Me recuerda que no siempre entenderé los planes de Dios, que muchas veces sus caminos parecerán distintos a los que yo imaginé. Pero también me asegura que sus pensamientos son más altos, más sabios y más amplios que los míos.
Podemos anhelar conocer el propósito de Dios para nuestra vida, y de hecho Él nos da dirección, principios y convicciones claras. Sin embargo, sus planes en el presente siguen siendo, en gran parte, un misterio. Caminamos por fe, no por vista. Confiamos paso a paso.
Tal vez la verdadera pregunta no es si soy afortunada, sino si estoy dispuesta a vivir esa fortuna con gratitud y obediencia. Si estoy dispuesta a agradar a quien realmente importa, aunque eso implique incomodar expectativas ajenas. Porque al final, cuando todo pase, lo único que realmente desearé escuchar es que fui fiel al llamado que Dios tenía para mí.
Y eso, más que la aprobación humana, es lo que verdaderamente da descanso al corazón.

Comentarios
Publicar un comentario