Pequeñas renuncias, grandes cambios

Pequeñas renuncias, grandes cambios

(Tomado de un diario secreto 20/may/2018)

A veces, para poder crecer, es necesario soltar. No siempre se trata de abandonar algo que es malo en sí mismo, sino de reconocer aquello que se convierte en tropiezo.

Hay cosas que parecen pequeñas, pero cuando empiezan a dominarnos, dejan de ser inofensivas. La Escritura dice que no todo lo que es permitido conviene, y que no debemos dejarnos dominar por nada. Entender eso cambió mi forma de ver ciertas decisiones.

Hubo una etapa en mi vida en la que decidí deshacerme de mis audífonos. No fue un gesto dramático, fue una respuesta a una lucha interna que ya no podía ignorar. Me estaba dejando llevar por el deseo constante de escuchar música secular solo para mi deleite. No era algo ocasional: se volvió una necesidad emocional, una búsqueda de satisfacción inmediata. Me di cuenta de que estaba perdiendo dominio propio, y que mi corazón se inclinaba más hacia lo que me entretenía que hacia lo que me acercaba a Dios.

El proceso no fue fácil. Aunque ya no tenía audífonos propios, buscaba los de alguien cercano y volvía a caer en lo mismo. Eso me mostró que el problema no era el objeto, sino el apego. Era una batalla más profunda, una de esas donde uno entiende que necesita ayuda de lo alto. Recordaba que el Señor pelea por nosotros cuando nosotros ya no tenemos fuerzas, y me aferré a esa verdad para no rendirme.

Con el tiempo volví a tener audífonos, y traté de manejarlo mejor. Intentaba intercalar música cristiana con la que simplemente me gustaba. Pero poco a poco fui notando algo que me incomodó: lo que yo llamaba “deleite” estaba ocupando demasiado espacio dentro de mí. No todo lo que edifica el ánimo edifica el espíritu. Empecé a preguntarme si lo que llenaba mis oídos también alimentaba mi fe. Y entendí que si algo no construye, termina desgastando, aunque suene bonito.

Sigo en proceso. No puedo decir que la lucha desapareció de un día para otro, pero sí puedo decir que no camino sola en ella. He visto cómo Dios me sostiene y me da fuerzas, tal como dice la Palabra cuando afirma que podemos hacerlo todo en Aquel que nos fortalece. Esa verdad dejó de ser una frase y se volvió experiencia. Aun así, también entiendo que debo esforzarme y ser valiente en mis decisiones diarias, porque agradar a Dios también requiere intención y disciplina.

Otra lucha ha sido el uso del celular. Llegó un momento en que quería tenerlo en mis manos todo el tiempo. Sin darme cuenta, le di un lugar que no debía tener. No lo llamaba “ídolo”, pero en la práctica lo consultaba, lo buscaba y dependía de él más de lo que buscaba momentos con Dios. Pasaba horas consumiendo contenido sin valor real: videos, imágenes, curiosidades pasajeras. No siempre eran cosas malas, pero tampoco dejaban fruto. Y entonces recordaba esa exhortación bíblica de vivir con cuidado y aprovechar bien el tiempo, porque los días pasan rápido y no vuelven.

No puedo simplemente desechar el celular, porque también es una herramienta útil. Pero sí debo ordenar su lugar en mi vida. Aprender a usarlo con propósito y no por impulso. Entendí que transformar hábitos es parte de renovar la mente, y que Dios trabaja precisamente allí: en la forma en que pensamos, elegimos y priorizamos.

Hoy veo que este camino no es de perfección instantánea, sino de transformación constante. Dios no solo corrige conductas: trata el corazón con paciencia. Cada cosa que soltamos por amor a Él abre espacio para algo más limpio y más firme. A veces duele renunciar, pero siempre libera. Porque cuando algo deja de dominarte, tu corazón vuelve a estar disponible — y ese es el lugar donde Dios obra con mayor profundidad.



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